La pregunta incómoda
Me lo han repetido hasta el cansancio en foros, columnas y conferencias: «La digitalización bancaria es el futuro de Latinoamérica». Pero cada vez que escucho esa frase, pienso en doña Rosa, una vendedora de tamales en las calles de Guadalajara que aún guarda sus pesos bajo el colchón. O en don Manuel, un agricultor boliviano que viaja tres horas para cobrar una remesa en efectivo. O en los miles de jóvenes en las favelas de Río que, aunque tienen un teléfono inteligente, lo usan principalmente para redes sociales. ¿De qué futuro hablamos si la tecnología avanza como un tren bala, pero millones siguen atrapados en vías paralelas?
Hoy me pregunto, y les pregunto a ustedes: ¿Es la digitalización bancaria realmente clave para el desarrollo económico de la región, o solo un discurso cómodo para esconder viejas deudas sociales?
El sueño de la inclusión… y el riesgo de la exclusión
No soy un ludita. Reconozco que las fintech han revolucionado el acceso financiero en países como Brasil, donde el NuBank ha permitido la inclusión de 90 millones de personas. O en Colombia, donde plataformas como Nequi han facilitado pagos digitales sin necesidad de visitar una sucursal. Según el BID, el 55% de los latinoamericanos ya usa algún servicio financiero digital, lo que demuestra un avance innegable.
Sin embargo, aquí surge una pregunta clave: ¿Para quiénes es esta inclusión? En Perú o Argentina, el 40% de las zonas rurales no tiene acceso a internet. En Paraguay, el 65% de los adultos mayores nunca ha utilizado una app bancaria. En México, el 30% de la población no tiene cuenta bancaria, lo que hace aún más difícil la adopción de servicios digitales. Si bien la digitalización abre puertas, también puede convertirse en un sistema excluyente para quienes no cumplen con los requisitos básicos: smartphone, acceso a datos móviles y alfabetización digital. Y en una región donde el 25% de la población vive en pobreza, esa brecha no es menor.
La paradoja latinoamericana: Innovación en tierra de contrastes
Latinoamérica es una de las regiones con mayor crecimiento en fintechs, con más de 2,500 startups activas. Sin embargo, muchos países aún no cuentan con marcos regulatorios sólidos para garantizar seguridad y confianza en estos servicios. En Argentina si bien ha bajado, aun la inflación impacta directamente en la viabilidad de los ahorros digitales. En Centroamérica, la confianza en los bancos digitales sigue siendo baja debido a antecedentes de corrupción en el sistema financiero tradicional.
La digitalización bancaria puede ofrecer soluciones innovadoras, pero sin una infraestructura adecuada y sin una confianza establecida, su adopción será fragmentaria y desigual. La tecnología no opera en el vacío: necesita un contexto propicio para florecer.
El dilema del progreso: ¿Herramienta o distracción?
Es innegable que los pagos digitales facilitan transacciones más eficientes y reducen costos. También pueden ayudar a formalizar la economía, atrayendo inversiones y modernizando sistemas estatales. En México, por ejemplo, empresas como Clip han permitido que negocios informales acepten pagos electrónicos, ampliando su base de clientes.
Sin embargo, la digitalización no es una solución mágica para problemas estructurales. Sin educación financiera, sin acceso a internet en zonas rurales y sin regulaciones claras, la digitalización puede terminar beneficiando solo a ciertos sectores y dejando fuera a los más vulnerables. Además, en una región donde las tasas de desempleo juvenil superan el 20%, es necesario considerar qué sucederá con los trabajadores tradicionales del sector bancario. La transformación digital debe ir acompañada de políticas que fomenten la reconversión laboral y la inclusión real.
El lado oscuro de la moneda digital
El avance tecnológico también trae desafíos. Latinoamérica es una de las regiones más afectadas por ciberataques: en 2022, Brasil registró más de 16 mil millones de intentos de fraude digital. La confianza en los sistemas digitales es crucial, pero difícil de construir cuando los casos de robo de datos y fraudes financieros son frecuentes.
Otro punto clave es la soberanía tecnológica. Muchas plataformas digitales que operan en la región son de empresas extranjeras. ¿Qué ocurre si deciden retirarse del mercado, dejando a millones sin acceso a servicios esenciales? La dependencia de actores externos para la infraestructura financiera digital es un tema que debe debatirse con mayor profundidad.
El papel de los gobiernos: ¿Facilitadores o barreras?
Algunos países han tomado medidas proactivas para impulsar la digitalización financiera. Chile ha desarrollado una estrategia nacional de pagos digitales, mientras que Costa Rica ha implementado programas para digitalizar las PYMES. Sin embargo, en otros lugares, la falta de regulaciones claras o políticas inconsistentes ha generado obstáculos en lugar de incentivos.
En países con alta inflación, como Argentina, los impuestos a las transacciones digitales pueden desincentivar su uso. En economías en crisis, la digitalización puede percibirse como una imposición en lugar de una oportunidad. Para que este proceso sea exitoso, es necesario un equilibrio entre regulación, incentivo y educación digital.
El factor humano: Más allá de la tecnología
La digitalización bancaria no puede verse solo desde una perspectiva técnica. En Latinoamérica, donde el 40% de los adultos no tiene educación secundaria, el desafío no es solo tecnológico, sino también social y cultural. ¿Cómo asegurarnos de que todos tengan la capacidad de utilizar estos servicios? En comunidades indígenas, donde el español no es la lengua materna, la inclusión digital requiere adaptar los servicios financieros a la diversidad cultural. Y en sociedades donde las mujeres aún enfrentan barreras económicas, la digitalización debe ser una herramienta de empoderamiento y no de exclusión.
Reflexión final: ¿Hacia dónde vamos?
Al final del día, Rosa y don Manuel siguen representando el dilema de nuestra era digital. La digitalización bancaria tiene un potencial enorme, pero no puede ser vista como una solución única para problemas históricos.
La pregunta no es si debemos digitalizar o no. Es cómo lo hacemos para que realmente sea inclusivo, accesible y beneficioso para toda la sociedad. Porque el desarrollo no se mide en gigabytes, sino en oportunidades reales para quienes más las necesitan. Y ese futuro, si queremos que sea para todos, no se construye solo con tecnología, sino con decisiones conscientes y políticas responsables.
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¿Coincides? ¿Me contradices? El debate, como diría Galeano, es un abrazo de ideas.
Te escucho
Diego San Esteban
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